[Buenos Aires, 6-04-1928
/ 18-10-2018]
No dejo de mirar esta foto que
rescaté de un negativo esta mañana, la retoqué con mimo para devolverle su
dignidad, tapé rayaduras y puntos que desvirtuaban mi recuerdo de su rostro de
mirada dulce pero penetrante, siempre a punto de comunicar algo, de una palabra,
un consejo, una enseñanza, un tema para debatir. ¿Cómo sintetizar aquí todo lo
vivido, lo amado, lo disfrutado junto a él, a pesar de la distancia de este
charco inmenso que nos separaba y de la enfermedad que lo tuvo a mal traer
durante 12 años?
Mis primeros recuerdos son a
bordo de un triciclo, y una canción que me cantaba a orillas del mar. Vinieron
los juegos, el amor, su presencia siempre ejemplar. Mi admiración infantil por
su ingenio y desparpajo para acometer acciones que a un niño maravillan, como
darle inyecciones a un auto, para poder continuar un viaje y encontrarnos con
nuestros abuelos.
De su mano conocí la
inclaudicable militancia por la vida, la cultura, los derechos humanos, y la
historia de Argentina y Latinoamérica. Su defensa de la Universidad Reformista
y Pública en todos los períodos democráticos o dictatoriales. Muchas veces
poniendo en riesgo su libertad. La defensa de la Sanidad desde su ámbito
profesional, escribiendo, participando en los debates de la época, en la creencia
de la revolución democrática y pacífica para los pueblos, haciéndome amar a la
revolución democrática de Salvador Allende en Chile, a quien admiraba sufriendo
su derrocamiento y asesinato.
Agradecerle el nacimiento de mi
amor por España que comenzó escuchándole y viéndole al reproducir las canciones
de la Guerra Civil Española, que en un pequeño disco proveniente de Uruguay
ponía una y otra vez en el tocadiscos (en realidad eran las canciones que
cantaba Chicho Sánchez Ferlosio y que fueron grabadas clandestinamente en un
baño por un equipo sueco, y que fueron mantenidas en el anonimato). Y “Morir en
Madrid”. Y los poemas de Marcos Ana, rescatados de la cárcel. La historia que
me contó de cómo se generó el movimiento internacional que pedía por la
libertad del preso del franquismo Julián Grimau, que lo contaban a él entre los
creadores de ese movimiento. Y luego Lorca, y Miguel Hernández, y Machado,
mostrándome los caminos que se hacen al andar. Precedieron o fueron
contemporáneos a los relatos de mi abuela sobre la aldea, la guerra, su hermano
muerto en ella. Las cartas españolas, las estampillas y el olor a tinta.
Parecido al de los periódicos que clandestinamente guardaba para repartir entre
compañeros en las diferentes épocas de las dictaduras en Argentina.
La vez que, sin saberlo, me salvó
la vida, cuando yo estaba decidido a ir a vivir a Tucumán, el mismo año en que
se desató en esa provincia la represión más feroz que culminaría en la
dictadura de Videla. Él me convenció que me quedara en Buenos Aires, cerca de
él, bajo la protección del hogar.
Vinieron los años más difíciles
de la dictadura, con amenazas, y su lucha desesperada por salvar a personas
queridas, perseguidas, ayudando a sacarlas del país o incluso como forense
reconociendo los restos de desaparecidos.
Incomprendido por muchos no
abjuró nunca de sus ideas, incansable investigador de la cultura y la filosofía
universal, últimamente estaba releyendo la Ilíada.
Luchó y celebró la reconquista de
la democracia, allí comenzó entre nosotros una gran complicidad para analizar e
intentar comprender lo que sucedía. Siempre con intercambios y recomendaciones.
Mi padre y mi madre se amaron
toda la vida, me lo demostraron en lo cotidiano y también en la distancia. Mi
madre lo cuidó con devoción los 12 años de enfermedad. Lo que hizo su vínculo
muy fuerte. Tuvo una vida plena, intensa y llena de amor. Disfrutaron mucho
juntos.
Vivió la distancia de los hijos
con dolor, aunque comprendía esa necesidad vital que emprendimos cada uno. Fue
para él un trago difícil y amargo. Pero la llegada de los nietos, la ampliación
de la familia, le dió un nuevo giro a sus vidas. Durante 14 años viajaron a
España a vernos y estar un tiempo con los hijos y los nietos. Luego la
enfermedad le aisló y todo fue mucho más difícil.
Durante la desesperación de los
primeros meses de la enfermedad, su necesidad de comunicación le hizo recuperar
la escritura, y se lanzó frenéticamente a escribir, sobre todo tipo de temas,
así nacieron sus blogs, primero ¡UFA! y luego EL LABERINTO . Una fructífera
producción lo conectó de una nueva manera al mundo, compartiendo sus
pensamientos, sentimientos y sus ideas acerca del pasado, la modernidad, los
tiempos que corren, la propia enfermedad y su decadencia personal, mantenida
con gran dignidad.
Fue un enamorado de la ciudad de
Buenos Aires y del barrio que le vio nacer. Se implicó personalmente en la vida
barrial impulsando mejoras, transformaciones y defendiéndolo contra los
atropellos de la especulación.
Fue como tantos militantes
anónimos, un grande, con una férrea voluntad, con sus aciertos y errores, un
hombre justo.
El sábado 13 de octubre me
despedí de él convencido que no le volvería a ver, pudimos compartir unos
últimos momentos los cuatro juntos, le agradecí la vida que me dio y le pedí perdón
por la distancia.
Vendrán en estos días a mi
memoria ríos de recuerdos, navegaré en sueños con su abuelo, con su madre, mi
abuela, con su padre, mi abuelo, los hermanos ya idos y toda esa gran familia
inmigrante que tuvo y que supo atesorar y resguardar su memoria para que
nosotros aprendiésemos a amar .
La fina lluvia de hoy me trajo
esta pequeña semblanza de él, mi viejo.
NOTA: la foto, en Buenos Aires a principios del otoño de
1977.