Vi en el museo de las civilizaciones anatolianas de la ciudad de Ankara, Turquía, modelos de casas descubiertas durante excavaciones que datan del 6.800 al 5.700 AC, pertenecientes a la época neolítica. Estaban compuestas por una habitación grande, un depósito y una cocina. Plano rectangular. Me produjo una gran impresión y no sé porqué causa inmediatamente medí el tiempo, lo imaginé, entre esa visión y la casa donde nací. Mediaron miles de años entre el cerebro, la inteligencia de aquellos que maduraron culturalmente por razones múltiples para lograr hacerlas, y la de mi padre, como buen hijo de italianos, fijó la idea del ladrillo como base de la construcción de hogar y familia. Con su socio, perteneciente a la otra corriente pobladora, los gallegos, concibieron construir esos dos hermosos chalets, con lote y medio cada uno y cincuenta metros de fondo, levantados en la calle Montañeses 2664 la nuestra y 2650 la del socio. Se instalaron en ellas a fines de 1927. -Eran dos construcciones muy destacadas en un barrio no tan importante como otras zonas de Belgrano, sembradas de casonas y casas quintas, muchas de ellas célebres,borradas de la faz de la tierra a impulso del progreso bajo el inexplicable slogan "Belgrano es un país", afirmaba una irresponsable inmobiliaria, responsable en parte de los desaguisados cometidos.
De estilo tudor, con el exterior de revoque muy blanco una, la nuestra más gris. Tejas francesas, canaletas, gárgolas, un jardín delantero, separado de la calle por un cerco de mampostería, revocado igual que toda la casa, completado con puerta, portón de doble hoja y geométricos diseños de madera dura barnizada.
Ese jardín tenía primitivamente dos canteros, uno más chico con un pino cuya silueta sombra veía desde mi cama infantil moviéndose o agitándose en noches de tormenta. Imaginaba la presencia de un gigante amenazador, alimentando así mis miedos. El otro cantero cubierto de gramilla con un arbusto también de la familia de los pinos. Posteriormente mi padre lo reemplazaría con un cedro azul en homenaje a mi madre en sus bodas de plata. En la pared cerco, la caja con los tapones de la luz y un techito de tejas donde se encontraba el medidor de gas, que requería un servicio de atención periódica, efectuado por un operario de la Compañía Primitiva de Gas. En la entrada, pegada al portón, una llave general de agua, que al localizarla en los últimos tiempos cuando la demolición, pobló mi mente de recuerdos, ya que ella era mi referencia para retomar pedaleando con mi triciclo hacia el interior de la casa, y muchas veces calculaba mal la vuelta para raspar mi mano derecha contra el revoque de la pared. El largo corredor tipo entrada de auto llevaba a un patio cubierto con un alto parral. Este corredor, en principio abierto desde la calle hasta el fondo, fué posteriormente cerrado con un regio portón de hierro forjado de doble hoja encastrado en una construcción con alero de tejas francesas y un escudo heráldico en su frente. Ese portón tenía una réplica del escudo del frente de la casa, como si las intenciones de mi padre desmintieran su condición de acendrado socialista en la pretensión de crear una familia con título de nobleza. Ese portón, repito, fué hecho en un gran taller metalúrgico de Buenos Aires cuyo dueño se llamaba Scarpa, que entre sus obras se pueden encontrar la carpintería metálica del Complejo Hotel Provincial de Mar del Plata, El Casino, el Cine Opera, el Hotel Llao Llao de Bariloche, El Banco Nación de plaza de Mayo, y toda la broncería de la Caja Nacional de Ahorro postal, algunos de estos edificios salidos del tablero del arquitecto Bustillo.
El piso del corredor,patio y la amplia vereda eran de baldosas amarillentas, cuadriculadas, con una guarda de adorno lila o morado. El frente, arrancando por la izquierda de la pared lindera, cubierta de enredadera, enamorada del muro, con un hueco con una canilla de bronce para el riego y el lavado, tenía como adorno unas bellas columnas de madera torneada, barnizadas, haciendo juego con el cerco. Las persianas del comedor, la primera de izquierda a derecha, pintadas siempre de azul o de celeste,diferenciadas de las de la casa vecina de color verde. Por encima unas ventanitas que correspondían a la ventilación del entretecho. Continuaba la ventana del hall de entrada y luego un pórtico con piso de mármol tipo travertino con dos escalones, iluminado por un farol colgante con vitrales de colores al igual que todas las ventanas y puertas interiores que describiré en su momento, y las luces externas de la casa. El pórtico tenía una jardinera también de mármol tallado y sobre ella un panel de revoque y molduras enmarcándolo. Cuando cayó Perón en 1955 lo llenamos mi hermana y yo con una gran escarapela argentina y por esa acción recibimos graves amenazas. En ese pórtico con dos arcos y un pilar, un arco frontal y otro lateral, estaba la puerta de entrada, la principal, de madera oscura con paneles tallados. Pesada, con herrajes de bronce, preciosa. Sobre el arco principal había un escudo de material diseñado por mi padre, cuya réplica se encontraba en el portón ya descripto. Supongo que en griego contenía las iniciales N.G. El frente se continuaba con otra ventana y sobre ella una modesta inscripción sobre el revoque que indicaba que Zapiola Acosta y Froio habían sido sus constructores. Toda la casa, hasta el patio del fondo estaba bordeada con ladrillos de máquina con un extremo redondeado. Debajo de cada ventana un cantero que contenía plantas con flores, sostenidas por una estaca roja y blanca rematada por una cabeza de bronce lustrado. La tercera ventana frontal correspondía a la primer habitación, para mí entrañable donde nací y luego ejercí por años mi profesión. También allí en 1936 velaron al abuelo Juan Bautista. La siguiente, por el corredor, también de la misma habitación, luego la de la habitación del medio, la del baño principal, la del último dormitorio, cuya otra ventana daba al patio y al jardín. Siguiendo en contorno se llegaba a un segundo patio hecho de baldosas en blanco y negro, pero en el 35 se lo techó totalmente ampliando así el primitivo comedor de diario, cerrándolo con ventanales, puertas metálicas vidriadas en color caramelo con guardas en vidrios esmerilados con dibujos de ornato. Todas las ventanas tenían alambre tejido con guillotinas para subir y bajar en épocas de mosquitos y en especial por las moscas. La parte superior de la casa, como dije era de tejas, como correspondía a un chalet, pero la parte posterior y la ampliación formaban una gran terraza de baldosas rojas. Estaba bordeada por una ancha baranda sostenida por columnitas de cemento con formas torneadas. Existía una segunda terraza o terracita donde estaba el tanque de agua y donde los chicos oteábamos al barrio en distancias imposibles de imaginar hoy . Trepados en ella remontábamos mejor nuestros barriletes. Era a su vez el techo de un trastero, el lavadero y una habitación de reserva que hoy correspondería a una de servicio. El patio, su techo era un alto parral , mayoritariamente cubierto por uvas americanas, llamadas también chinche y otras blancas. Ese parral era una estructura metálica pintada de color aluminio, sostenido por columnas redondas también metálicas. En cada una de ellas trepaba una parra. Tan tupido era el follaje que cubría con sombra durante el verano el largo y ancho del patio..La pared que nos separaba de la casa melliza tenía una puerta metálica con vidrios opacos en la mitad superior. Por ella las dos familias, los chicos en especial pasábamos de una a otra para juntarnos y jugar. El patio tenía grandes macetas pintadas de color minio, sostenidas por unos pies o soportes de hierro negro. En ellas malvones, geranios, helechos... Y en cada cabecera un banco de plaza esmaltado de rojo. Dejaré el fondo y el jardín para el final. Ahora entraremos por la puerta principal. Esa de madera oscura que describí dentro del pórtico. Se accedía a un hall con ventana y banderola. Una puerta de madera también oscura y bellos vitrales iguales a los de la ventana, que permitía el acceso a la primera habitación . Una segunda puerta igual, comunicaba a un largo corredor. Una puerta de doble hoja, también de madera oscura y cristales biselados separaba y unía al hall con el comedor. De techo alto, una regia tulipa de cristal tallado. Sus paredes cubiertas con un hermoso papel de rayas verticales. El límite con la garganta lo daba una varilla de madera oscura finamente torneada. Hacia el zócalo del mismo mármol que el del piso, bajaba el papel deteniéndose en otra plana y ancha separación de madera de igual calidad y varilla de la superior. Si a veces no me detengo en estos u otros detalles, no lo hago con el fin de una descripción minuciosa, detallista, puede ser cansadora, pero también con la idea de realzar la categoría de su construcción y belleza. Su moblaje,sillones adamascados, alfombra persa, mesa ratona, potiche francés, cuadros, algunos de buena firma y buen gusto. Ya que estamos entremos al comedor por la puerta acristalada que describí. Paredes con papel floreado. Techo alto del que se descolgaba una araña de caireles de cinco luces. Ventanal doble también con vitrales y banderolas. Piso flotante de estupenda madera, guarda oscura, tablas colocadas en V. Muebles con una mesa principal, trinchante, aparador, vitrina, sillones, sillas, mesa ratona, cuadros y adornos de época. Ese comedor se comunicaba por una puerta como las descriptas en el hall con una antecocina. Pero ahora abandonemos esta parte de la casa y volvamos a la entrada, metámonos en la primer habitación. Techo alto, dos ventanas, una orientada hacia la calle, la otra de doble hoja se abría hacia el corredor. Ambas con banderolas. Aparte de la puerta descripta, otra comunicaba con el corredor mencionado que ya describiré y una tercera a la habitación siguiente. Eran unas hermosas y pesadas puertas de madera oscura. Como mencioné más arriba en ella nací, pasé gran parte de mi infancia y ya recibido instalé mi primer consultorio odontológico. La siguiente, la del medio, igual ventana de doble hoja con banderola. Aparte de la puerta de comunicación con la primera tenía otra hacia el corredor y una tercera que daba a un hallcito donde confluían el corredor, la comunicación con el amplísimo comedor de diario, el baño principal y la tercera habitación. Allí se encontraba fijado en una de sus paredes el teléfono de madera, con dos campanillas en la parte superior. Bocina inclinable, disco y tubo al costado. Hoy todavía conservo en mi actual vivienda el mismo número aunque con otra característica, ya que el Pampa 73 ha desaparecido.
El baño principal de artefactos, azulejos, baldosas, estas últimas con guarda negra, todos blancos. Gran bañadera sin patas. Bidet, lavatorio, espejo con luces, botiquín, inodoro con gran mochila. Banquito, termotanque eléctrico reemplazando así al agua caliente proveniente de la cocina económica. La ventana también de doble hoja y banderola se abría al corredor externo. Techo pintado al aceite. La tercer habitación tenía un ventanal al patio y otro al corredor. Una sola puerta. Ese hall donde estaba el teléfono sí tenía una puerta que lo separaba del corredor interior, que conducía al hall de entrada, las habitaciones y la antecocina a través de puertas de madera y cristales. Allí con un piso amarillento de baldosas grandes y guarda negra se encontraba la despensa, la puerta al comedor, la de la cocina y la que comunicaba con otro hall donde confluían la ventana de la cocina, un segundo baño, el arco que comunicaba con el comedor de diario. El techo de ese hall era principalmente una claraboya con vitrales. En esa antecocina una escalera de mármol blanco con baranda de madera e hierro irrumpía invitando a recorrerla y acceder así a la parte alta de la casa, que ya describí con el lavadero, puerta de acceso a la terraza, ventanuco, mesa de mármol, pileta, puerta de habitación con piso de madera y ventana a la terraza. Bajamos ahora la escalera y examinamos un poco más la antecocina. Debajo de la escalera, en plano inclinado y un mueble oscuro de puertas y puertitas donde se guardaban vinos blanco, tinto y clarete recibidos directamente de La Rioja en barriles medianos que se envasaban en casa o en la de al lado. Recuerdo perfectamente esa ceremonia y en especial la máquina de poner los corchos. Allí a la fresca se apilaban las botellas destinadas al consumo del año, hasta la próxima cosecha. También se guardaba leña, quebracho, carbón para la cocina económica y el hogar del comedor de diario. Dentro de la cocina, el artefacto en sí, marca Triángulo ocupaba todo el frente con sus quemadores de gas, sus llaves y barras de bronce. La parte para leña, horno, plancha de hierro con sus discos, prusiana con puerta guillotina para la comida al carbón. Un tanque de agua caliente para toda la casa, pileta de lavar platos. Esa cocina era negra y tenía barras de bronce para colgar las cacerolas que relucían para orgullo de la dueña de casa, unos vivos metálicos se destacaban sobre el fondo negro. Con el tiempo esa cocina fué cambiada por otra enlozada de la misma marca. El piso era blanco con guarda negra y los azulejos también blancos No conté que en esa antecocina existían una fiambrera y en su parte inferior una heladera a hielo con serpentina que permitía tomar de un filtro Berkeley agua helada y filtrada. Posteriormente comprarían una heladera eléctrica marca Frigidaire de equipo abierto, verdadera avanzada cuando predominaban las de madera a hielo. Pasemos al comedor de diario. Primitivamente había sido como describí un patio con baldosas negras y blancas, entoldado con lona corrediza para cubrirse los días de verano. En él instalada una mesa redonda de mármol blanco con un banco en media luna de igual material y tres soportes de mármol labrado. Esa mesa completa fué luego trasladada al fondo del jardín. El patio cubierto con techo, vigas barnizadas, araña, chimenea, ventanales y puertas mirando al patio del parral y el jardín. A él vamos, pero antes una corta aclaración. Mi descripción se corresponde con mi infancia. La vida, el uso, el tiempo produjeron modificaciones, cambio de costumbres, enseres , moblajes. Luego fué habitada por parte de la familia, posteriormente vendida y demolida. No incluí como estaba vestida, habitación por habitación, aunque fui testigo y partícipe de muchos cambios. en especial el jardín donde ahora los llevo con mi relato. Prepárense según mi imaginación y recuerdos a un hermoso paseo, aunque desgraciadamente no tendré la habilidad descriptiva para transportarlos. según me lo dicten mis sentimientos . Dejé esta parte parte para el final, como van a comprobar me involucré en la evocación. Atravesamos el patio cubierto con el parral y entramos al largo y amplio rectángulo en cuyos senderos y rincones hallaremos escondidas, agazapadas u ostentosamente a la vista flores y más flores. En un momento lo poblaron hasta cien rosales de todo tipo. Dos construcciones con techo de tejas al fondo, uno de cada lado. En una la de la izquierda, primitiva glorieta, guardábamos las bicicletas, juegos y trastos. En el galpón de la derecha herramientas, leña, todo lo correspondiente al cuidado del jardín, bulbos, manguera, escobas, palas, rastrillos. Las jaulas y jaulones de los pajaritos. Primitivamente en ese fondo hubo un gallinero, duró poco, y allí quedó enterrado el perro Fido, el que aparece a los pies de los abuelos en la foto de la casa de la calle Belén. El jardín fué siempre atendido por un jardinero oriental. Recuerdo a tres, el primero japonés, el segundo chino de Formosa, hoy Taiwán. El tercero también japonés, de Osaka, llamado Adolfo, está en alguna foto del archivo familiar, Era muy culto.
El jardín por su diseño era el típico de los años 20- 30. Arboles frutales, cipreses, palmeras, los rosales mencionados. Los canteros de dalias o flores de estación complementados con gramillón recortado, terminaban en un borde de ladrillo y cemento. Se lo recorría por caminos y senderos también de cemento imitando lajas, que sustituyeron a la granza original. Se la ve en otra foto de archivo donde Billy y yo calzados con guantes de box hechos con medias, estamos dentro de un ring . El jardín estaba cercado por paredes altas, cubiertas por enredaderas de hojas caducas y perennes. Al fondo y a los costados se alzaban las clásicas pérgolas de madera pintada cubiertas con rosas mosquetas, jazmines que servían de magro y perfumado alero a bancos de plaza de color rojo. Pero la mayor atracción del jardín estaba en su centro, más allá de los arcos de cipreses y tuyas perfectamente recortadas y unas construcciones ornamentales de material. Allí en el centro había una preciosa fuente redonda de mármol blanco, como la mesa y el banco que describí antes. Estaba compuesta por un estanque principal, lleno de peces de colores, macetas con plantas acuáticas y nenúfares que abrían sus flores al sol, y otras que flotaban en el agua, además de piedras y caracoles de tonos suaves. Del medio del estanque emergía un pedestal, sostén de una fuente menor, rematada por un jarrón de piedra verde, que arrojaba agua como un surtidor. Así se llenaba la parte superior y a través de las bocas de cuatro mujeres, mandaba finos chorros a la parte inferior. Esa fuente era nuestro orgullo. Ejercía sobre todos atracción y fascinación. Los chicos del barrio iban a ver los "pescaditos" que les mostrábamos con cierto aire de infantil superioridad. Ese hermoso jardín, tan bien iluminado a la noche por faroles y focos colocados adecuadamente, adquiría cierto aire de plaza, pero era oscuro y misterioso cuando se apagaban las luces, sobre todo si la luna llena lo iluminaba impregnándolo de un tinte fantasmal. En las noches de tormenta los relámpagos proyectaban formas extrañas, los cipreses amenazantes de doblaban con el viento. En el verano gozábamos de un privilegio hoy perdido, El cielo azul oscuro con estrellas brillantes, ahora imposible de gozar. El habitante de la ciudad, el niño no podrá levantar la vista a buscar las inhallables constelaciones de verano, las tres marías, la cruz del sur.¿Como encontrarlas en un cielo borrado por la iluminación, artificial, la contaminación? ¿Donde está esa magia, ese misterio pintado en el espacio-mito, hoy en gran parte desmitificado?. Allí están esas estrellas imaginábamos a los Reyes Magos recorriéndolas.
De allí desde ese fondo nacía un arroyito mío, único que solo yo veía. En mis ratos de juego me hacía compañía. Mientras pedaleaba afanosamente en mi triciclo rojo, regalo de mi abuelo, el se deslizaba a mi lado en carrera hacia ninguna parte, o sí, a alguna. En el verano, durante las vacaciones me iba al jardín a barrer los caminos, juntar las hojas, regar o para ayudar en sus trabajos al jardinero. Exploraba los árboles en busca de bichos, me entretenía con los "pescaditos", gozaba viendo matar hormigas en sus hormigueros con unas máquinas que bombeaban un humo venenoso. Y lo veía venir inesperadamente. Aparecía por lados distintos, sin un nacimiento preciso. Como una línea de agua recorriendo senderos. Atravesando partes recalentadas por el sol sin evaporarse a pesar de su magro caudal. En silencio llegaba al patio, sin el menor murmullo. En su marcha zigzagueante avanzaba realzando las canaletas. Así, entre zonas sombreadas y otras llenas de sol, siguiendo un declive natural eludiendo las rejillas dispuestas a absorberlo, a interrumpir su marcha. Cuando los sábados lavaban todo, desaparecía confundido con el agua de la manguera. Pero yo sabía que estaba allí correteando, serpenteando. Más de una vez mi madre me sorprendió ensimismado en mis reflexiones, dialogando con él. Para mi familia no existía. Me acompañó durante toda la infancia. Cuando me ponía las zapatillas marca Langosta que alisaba y gastaba en una tarde de pelota. O cuando jugaba con mi hermano y los chicos de al lado con espadas, revólveres, autitos y juguetes de toda clase que siempre abundaron. A él le confiaba las angustias y las penas que un niño podía tener. Mis éxitos y traspiés en la escuela. Mi infancia feliz. Pero algo, algo había entre nosotros, oponiéndose como una inexorable contradicción. A medida que yo crecía el se iba extinguiendo como cuando los Reyes Magos dejaron de ser magos. Entonces me costaba encontrarlo. No recuerdo cuando apareció por primera vez pero sí la última. Un día lo busqué inútilmente. Pasó una semana hasta que con alegría lo vi asomarse por el fondo nuevamente. Pero no llegó hasta el patio. Se quedó en el jardín. Se diluyó en los canteros. Corriendo me metí en la casa y frente a un espejo del ropero me di cuenta que tenía los pantalones cortos casi largos. Comprendí que el fin de mi arroyito casero era el fin de mi infancia. Habían cambiado mis sueños, mi imaginación. Ya no pensaba aunque lo quisiera en juegos, viajes, aventuras. Ya no trataba de hacer lo imposible. De esa casa, de ese jardín hoy no queda nada. La han demolido y sustituido por un edificio de departamentos. De la casa del neolítico a la mía, miles de años. Para ella un destino de menos de cien años. Todo lo que allí sucedió queda en la memoria de los sobrevivientes, y un día ni eso. Pero pensarla, evocarla me la hace ver luminosa, hermosa. Me hace feliz, más allá de la nostalgia, A pesar de haber sufrido el dolor de la demolición. Conté lo de mi arroyito casero. Otros arroyos más o menos caudalosos atesoré o inventé en mi vida. Seguí siendo imaginativo, pero la vida, las luchas cotidianas, no me quejo, más de una vez se opusieron a ese lirismo, o lo marchitaron. Ahora que han pasado los años, la vida, mi arroyito, junto con todo lo que representaba, se han escurrido a través del tiempo.
NOTA: Con premeditación no he incluido en este relato la vida que en ella se desarrolló . No quise incluir a sus habitantes, absolutamente entrañables, cuantos éramos y las distintas etapas del desgranamiento hogareño. Si quise contar como fué la casa donde nací en especial para la familia. Ya sabemos no existe más. Quedan como señalé nuestros recuerdos, fotos en blanco y negro y sepia. Las muy recientes de como la fueron tirando abajo están también en este blog familiar. Igual la sigo pensando y todo lo que me acontece en sueños, sigue sucediendo allí.
Veji